La leyenda de Dómino

La leyenda de Dómino es un relato de fantasía oscura y terror psicológico, ambientado en el universo gótico de Warhammer y escrito el 14 de Junio de 2010.

Voy a morir.

A pesar de mi corta edad y limitada experiencia, de nada he tenido nunca mayor seguridad como del hecho de que mi vida está próxima a acabar.

Mientras camino por estas sucias callejuelas, el sonido de mis botas reverberando en mis oídos, la muerte podría estar acechándome justo más allá de la frontera de mis sentidos. Quizá desde los desvencijados tejados, al doblar la siguiente esquina, al otro lado de aquella ventana tapiada con maderos. Quizá se esconda en la forma de cualquiera de esos vagabundos que yacen sobre la inmundicia, o es posible que me esté siguiendo. ¿Es ruido de pisadas lo que escucho a mis espaldas? Sí, el de las mías, que resuena en forma de atemorizador eco para mis oídos.

¿Debería acudir al puerto? Entre el bullicio reinante cualquiera podría deslizar una hoja y segar mi vida antes de que nadie lo advirtiera. Pero dicen que no es así como mata. Dicen que se lo toma con calma, que saborea con deleite la agonía de su presa, que se procura un entorno íntimo donde realiza sus nefastos rituales a los Dioses Oscuros antes de entregar a su víctima en sacrificio. También dicen que se trata de un vampiro, que desangra a sus capturas para después devorar las almas. ¿O lo de alimentarse con almas lo dicen aquellos que afirman que se trata de un demonio?

Demasiadas historias, demasiados cuentos. Ya he perdido el hilo de todos ellos.

Lo que sí sé es lo que he visto con mis propios ojos, y no se corresponde con nada de lo que narran las historias al calor del fuego de taberna, frente a una desportillada jarra de cerveza aguada.

Y todo empezó, al menos en lo que a mí concierne, cuando llegué a Marienburgo.

No voy a recrearme relatando los fortuitos sucesos que me condujeron a los límites del Imperio, ni tengo intención de hablar de las encorajinadas enemistades que me labré hasta alcanzar mi puesto como detective.

En Altdorf, de donde yo soy, el ostensible poder del clero dificulta hasta lo imposible el estudio de casos misteriosos o confusos. Ante el menor asomo de duda, delegan la labor en uno de sus temidos inquisidores —si antes no lo resuelve el cazador de brujas de turno— y el asunto pronto queda zanjado. Tan sencillo como declarar que son los Poderes Oscuros los que han extendido sus garras sobre el lugar y la solución tan rápida como quemar en la hoguera a los supuestos culpables.

No niego que haya ocasiones, no pocas, en las que tengan razón, y dichos drásticos métodos sean del todo necesarios. Sin embargo… hay veces en las que la culpa se esconde tras las bajezas más terrenales de los hombres.

Y precisamente estos casos son los que deseo yo estudiar.

No es mera creencia, una satisfacción que le quiera conceder a mi desmedido ego al coste que sea. No, en absoluto. que es así.

¿Cómo explicar que, en ocasiones, tengo sensaciones, presentimientos o como pretenda llamarlos, de hechos ya acontecidos? ¿Cómo basarme en esta caprichosa intuición a la hora de redactar un informe que avale mi investigación? Y lo que es más importante, ¿cómo no convertir mi propio pellejo en carne de hoguera en el caso de llegar esto a oídos no deseados?

Ya de por sí en más de una ocasión mis confrontaciones ante decisiones sacerdotales han estado a punto de enviarme a la pira, más aún dada mi inopinada situación en mis labores como detective. Mejor no concederles más argumentos. No obstante, parece que al final el peso del oro y de los títulos nobiliarios son los que se encargan de decantar la balanza hacia un lado u otro.

Aún así, saltaba a la vista, no sólo para mi aristocrática familia sino incluso para mí, que debía encaminar mis pies fuera de la capital del Imperio, cuanto más lejos, mejor.

Por lo que, en cuanto llegaron a mis oídos las noticias que circulaban al respecto de los extraños sucesos que se venían dando en Marienburgo, no me lo pensé más.

Al parecer, una serie de asesinatos se repetían con bastante frecuencia, todos ellos con un conjunto de rasgos en común. Sin embargo, lo más relevante del caso es que dichos crímenes eran anunciados con antelación. Si se podía considerar un anuncio que los nombres de las víctimas fueran exhibidos en la fachada del ayuntamiento.

¿Cómo explicarlo? ¿Sabéis aquellas veces en las que os veis con la necesidad de consultar a un —siempre ocupado— erudito y su escribano toma nota de vuestras señas para acordar una cita? Pues según me explicaron gentes del lugar, aquí el procedimiento era bastante parecido.

Si tus asuntos con alguien llegaban a últimos términos sin conciliación posible y no deseabas mancharte las manos de sangre o arriesgarte a los peligros de un duelo, siempre podías recurrir a la encalada fachada del ayuntamiento.

Bastaba con que acudieras al edificio, con un mínimo de discreción, por supuesto, por ejemplo a una hora tardía de la madrugada, cuando la gente de bien dormía y al resto le traía sin cuidado lo que hicieras, y escribieras con un tizón y letra clara el nombre del desafortunado. Y, eso sí, depositaras en la repisa de una antigua ventana ahora cegada, una bolsa que contuviera el significativo pago. La Ofrenda.

Entonces, tras la noche siguiente, cuando los lugareños vieran que la Ofrenda había sido reclamada, todos sabrían que Dómino había cumplido con su parte del trato.

A pesar de mis credenciales —o quizá precisamente por ellas—, la bienvenida que me dispensó la milicia local no fue en extremo cordial. Con fastidio y evidente desprecio en sus rostros, se dignaron a mostrarme el cadáver de la supuesta última víctima de Dómino. Tuve que enfrentarme a un acólito de la capilla de Morr para que me permitiese analizar al sujeto durante un rato, deseoso aquél de realizar los rituales oportunos sobre el cuerpo y apartarlo de su vista. Aunque de haber sabido lo que iba a encontrarme, es muy posible que hubiese cedido desde un principio a sus demandas.

No tengo un estómago débil, ni me espanto por presenciar miembros amputados o cabezas cortadas —práctica que se había vuelto de lo más habitual en otras regiones imperiales—, pero… puedo asegurar que no esperaba aquello.

Nada más lejos de mi intención volver a evocar dichas imágenes, pero términos tales como carnicería o masacre no alcanzan a describir lo que habían hecho con la cara de aquel tipo. Al no hallar en su cuerpo otras heridas que justificasen su muerte y por la postura en la que lo habían encontrado, todo apuntaba a que aquel… trabajo, se lo habían practicado cuando aún estaba vivo.

Tragando saliva, me incliné sobre el sujeto y aparté con asco algunos jirones de carne. Me dio la impresión de que una zona de la piel del cuello estaba amoratada, y al examinarla mejor descubrí lo que parecía una extraña marca, como una quemadura. Apenas la rocé con los dedos.

¡Maldita mujer! ¡Eres mi esposa y como tal me respetarás! ¡Y si tu marido te ordena que te pongas a cuatro patas y te abras de piernas, cerrarás la puta boca y obedecerás! ¿Me has entendido? Aprende rápido, o seguiré decorando tu linda cara con mi navaja…

Casi di un salto atrás, el corazón brincando desbocado en mi pecho. Sin dudarlo un instante volví a cubrir el cadáver con el lienzo mortuorio, más que satisfecho mi afán de aquel día por investigar.

Feliz de que el seguidor de Morr por fin dispusiera de los restos, me dirigí a la posada donde me hospedaba para sumergir mi impresión en una enorme jarra de cerveza.

Al haber sido ya enterradas anteriores víctimas, tuve que contentarme durante algunos días con escuchar los sórdidos y fantasiosos relatos que me ofrecían los parroquianos del lugar. En ocasiones oía la misma historia repetida palabra por palabra. En otras, se apreciaba como el narrador contribuía con su granito de arena para realzar la morbosidad del suceso. Aunque la mayoría de las veces se limitaban a emplear los mitos locales para justificar los asesinatos. Vampiros, necrófagos, demonios, abominaciones del Caos, cualquier cosa valía.

No fue hasta una semana después que un nuevo nombre apareció escrito en la fachada. Y la Ofrenda allí descansaba, jugosa, sobre la repisa, a salvo de ladrones y oportunistas por el simple temor que ejercía la leyenda de Dómino.

Aquel hombre, Friedriksen, según aparecía denominado en el ayuntamiento, resultó ser un rico prestamista que había forjado su fortuna mediante la usura. Eso era lo que te decían si preguntabas a un campesino medio borracho en una taberna. Estimulados por el alcohol, también te contaban que, algunas noches, desde la calle se oían voces infantiles que parecían proceder del oscuro caserón. Cosa extraña, tratándose de un hombre viudo y sin herederos que vivía solitariamente recluido, con la única excepción de su rancia servidumbre.

Por contra, si consultabas a los sobrios funcionarios imperiales, éstos no dudaban en presentar al tal Friedriksen como a un diligente empresario, uno de los pilares de la comunidad.

Nada más lejos de sus deberes para con la comunidad, aquel mezquino sujeto, tan pronto había visto su nombre en la fachada, había clausurado su mansión a cal y canto y empaquetado todas sus pertenencias, dispuesto a marcharse antes de que se ocultara el sol.

Los soldados que hacían las veces de escolta todavía se mostraban incapaces de explicar cómo habían podido descuidar su vigilancia, los doce. Ni tampoco el resto de sirvientes, ni los conductores de los carros.

En resumen. Hallaron el cuerpo secándose al sol sobre un tablón, desnudo, boca arriba y con los brazos en cruz, desangrado por las heridas que le habían infringido al perforarle ambas muñecas, de lado a lado. Su rostro se había congelado en un paroxismo de dolor.

Los milicianos quisieron atribuir lo extraño de su postura a algún tipo de ritual nefasto. Para mí estaba claro y así lo comuniqué, no granjeándome por ello las simpatías de los guardias: el asesino había decidido inmovilizarlo clavándole los brazos a la madera, aunque ahora faltasen los clavos o aquello que se hubiese utilizado en su lugar.

Era indudable que las incisiones habían resultado fatales, pero serían mortales sólo tras varias horas de lenta agonía. ¿Significaba aquello que Dómino había permanecido junto a su víctima hasta su último aliento?

Y, al igual que en el anterior caso, una violácea coloración de la piel se extendía por su garganta. La firma de Dómino, señalaron los milicianos, porque ningún contrato es válido si no lleva la firma.

Sintiendo un desagradable escalofrío recorrer mi espalda, en esta ocasión me abstuve de tocarla.

No hubo de transcurrir mucho tiempo hasta que alguien escribió otro nombre en el ayuntamiento, ni para que, una vez reclamada la Ofrenda, se descubriera el correspondiente cadáver un día después.

Aquí Dómino volvió a dar muestras de su inventiva.

Lo encontraron sentado en una silla, con los pantalones a medio bajar y los brazos atados a la parte trasera del respaldo, en un charco de sangre. Degollado. Sólo cuando movieron el cuerpo advertí las heridas que presentaba en las rodillas, así como los agujeros en el asiento. A éste también lo habían inmovilizado, y si no había terminado con los pantalones por los tobillos había sido sólo porque los clavos —¿virotes?— lo habían impedido.

Y ahí estaba la firma, clara, ineludible, por encima del corte. Me llamaba en su silencioso grito. Y yo, acudí.

Vamos zorrita, no llores y siéntate, siéntate sobre mí. Ya te diré yo cuándo puedes levantarte…

Cuando dimos con un cuarto crimen en el mismo mes, no logré morderme la lengua a tiempo e hice una broma delante de mis compañeros.

Admito que mi sentido del humor es de lo más negro en ocasiones, pero la situación lo justificaba. Además, para entonces, yo ya estaba de los nervios. No recuerdo muy bien lo que dije, algo sobre la pujanza económica de Marienburgo y su —confiaba que igualmente generosa— recogida de impuestos en nombre del Emperador, pues si sus habitantes eran capaces de desprenderse con tanta ligereza de tan opíparas cantidades en la forma de Ofrendas… Supongo que aquello significó una gota más, y la jarra estaba ya que se desbordaba.

A este último hombre lo habían matado sin remilgos, en su casa, donde vivía con su pequeña, ahora huérfana: le habían perforado el cerebro a través de un ojo. Muerte instantánea. Nada más digno de mención, al menos no hasta que decidí investigar la concentración de sangre que manchaba la parte inferior de su camisote y descubrí que lo habían castrado.

¿Existía una pauta? ¿Una razón que justificara aquella sucesión de crímenes?

Si existía, yo al menos no era capaz de dar con ella.

A falta de otras pruebas que ayudaran en mi investigación y aprovechando que los otros habían salido de la habitación, aventuré mis dedos sobre la única constante que dejaba Dómino en el cuello de las víctimas tras su ejecución.

¿A que no sabes quién ha venido a verte? Éste es tu tío, pequeña, ¿por qué no le das un abrazo? Anda, ve a jugar con él, tiene muchas cosas que enseñarte. No te preocupes, papá no se va a marchar, se quedará aquí, mirando…

Soporté con digno estoicismo que los milicianos se burlaran y volcasen toda clase de soeces comentarios sobre mi persona; el vómito de mi desayuno sobre las tablas de la habitación con creces se lo posibilitaba.

Dando crédito a las habladurías locales, Dómino llevaba ejerciendo su labor desde hacía varias décadas, siempre con la misma eficacia y profesionalidad a la hora de cumplir sus encargos. De ser cierto, debería haber iniciado sus violentos pasos a muy temprana edad, y aún así, hoy día se trataría ya de un decrépito anciano.

¿Sería un culto? Quizá no de los Poderes Oscuros, pero sí una sociedad criminal que se nutriera —ya lo creo que sí— con el suculento pago de sus clientes. Porque, si no, la siguiente alternativa entrañaría incluir en la lista a mutantes y demás seres malignos. Y para eso, ya estaban los cazadores de brujas.

Me quedé de piedra cuando, al pasar frente al ayuntamiento, vi mi nombre escrito en la pared.

Axelsson.

Sí, las letras coincidían, una detrás de otra, y ninguna daba lugar al error o a la confusión. Y más terrible era contemplar la abultada bolsa que contenía el precio de mi vida.

Por un momento pensé, «¿de verdad valgo tanto?». Sí, mi pellejo me es de lo más valioso para mí, pero… ¿había quien consideraba que merecía la pena pagar tal cantidad por verme morir? En verdad que mi ego podía prescindir de tales halagos.

Los duros rostros de los milicianos me lo dijeron todo. No recibiría ayuda de su parte. Estaba sola.

Sola con Dómino.

Espera. Un momento.

Miro en derredor y sólo encuentro paredes sucias, muros que se levantan irregulares hacia lo alto, sin más camino que el que mis pies han dejado atrás.

«¿Qué estoy haciendo aquí?»

Lo último que recuerdo es que había decidido abandonar las calles y refugiarme entre la concurrencia del puerto. No entiendo cómo he llegado a lo más profundo de la ciudad vieja, entre la basura y la cochambre.

Mi instinto chilla. ¡Atrás! ¡Atrás! Intento darme la vuelta y retroceder, salir a la carrera sobre mis pasos.

Pero en el fondo sé que ya es tarde.

Apenas un susurro, una sensación de movimiento, un frufrú de telas, y de pronto un cuerpo se aprieta contra mi espalda, algo se enreda en mi pierna y una mano que empuña un infame cuchillo se cierne sobre mi garganta.

No puedo retroceder. Me ha atrapado.

Echo la cabeza hacia atrás, tratando inconscientemente de interponer la mayor distancia posible entre la hoja y mi piel, pero el brazo sube y un quejido escapa de mi boca cuando el filo araña la carne. Noto como una primera gota de sangre, primero tímida, luego vivaz, mana del corte y desciende hacia mi pecho. Miro de reojo y observo que aquello que inmoviliza mis extremidades es la pierna tatuada de mi captor, que se enrosca en torno a mí con la misma carnalidad que el abrazo de un amante. Tengo los brazos libres. Sin embargo, dudo que se deba a un desliz por parte del asesino. Asesina, debería decir, pues a pesar de la firmeza con la que me retiene, me basta con estudiar su pequeño pie, descuidadamente vendado con tiras de tela oscura, y ascender por las torneadas líneas de su extremidad, para adivinar que se trata de una mujer. Menuda, pues es aún más baja que yo, tremendamente delgada, pero con unos filamentos de acero por músculos. Dudo que mi mayor corpulencia le suponga inconveniente alguno.

Me sobresalto y a punto estoy de soltar un grito cuando advierto su respiración en mi oído y alcanzo a percibir el embriagador aroma que la envuelve. No, no la envuelve. Lo exuda. Brota de su piel del mismo modo que el frío sudor perla mi frente y comienza a extenderse por mi espalda. Resultaría agradable, delicioso incluso, de no ser tan intenso. Es obsceno. Inunda mis fosas nasales y empalaga mi lengua, tanto que me obliga a boquear en busca de aire limpio. El hedor de la inmunda porquería esparcida por el callejón me ofrece un inusitado alivio.

—Saludos, Axelsson…

No sé si son sus labios o el hálito de su respiración, pero algo roza el lóbulo de mi oreja cuando habla. Y me estremezco.

Ni la hoja del cuchillo sobre mi cuello es tan afilada como el timbre de su voz. Siento cómo sus palabras penetran por mi oído y comienzan a remover cosas en mi cabeza. Sin embargo, cuando su eco se extingue, quiero más, deseo que siga hablando.

«Magia», pienso. Y es entonces cuando me gustaría sacudirme y tratar de despejar mi mente de su nocivo influjo. Ella lo nota. No soy consciente de cómo lo sé, pero no me cabe duda de que está sonriendo, disfrutando con esto, del poder que ostenta sobre mí.

Intento hablar, decir algo. Pero mis labios están sellados, mi garganta seca. Sólo logro tragar saliva. A cambio recibo una punzada de dolor y que un leve reguero de sangre fluya por mi cuello.

—Alguien… ha decidido que, tu muerte, bien justifica el pago de la Ofrenda…

La cadencia de su voz asalta las puertas de mis pensamientos e imprime en mi mente libidinosas sensaciones, así como el despertar de un emergente deseo. En abierta oposición al embrujo, cierro los puños con fuerza, las uñas se clavan en la palma de mis manos. Quiero abstraerme del ritmo de las palabras y me concentro en su entonación, en cualquier aspecto al que mi analítico cerebro pueda aferrarse para no perder la cordura. Es entonces cuando me percato de los chasquidos al pronunciar y de la extraña manera de alargar algunas vocales. El Reikspield no es su lengua materna y cuando giro la cabeza para ver a mi captora espero distinguir unos pronunciados rasgos afilados y unas características orejas puntiagudas. Elfa.

No obstante, todo cuanto el cuchillo me permite vislumbrar es un semblante pulido, de rasgos bastos y anodinos, y tan negro como una noche sin luna. Usa máscara.

—¿Tienes… curiosidad? —inquiere con zalamería. Noto cómo el sinuoso cuerpo de la asesina se restriega contra el mío. Para mi vergüenza, no rehuyo el contacto. Siento el calor de su piel a través de la ropa de una forma tan palpable, que por un momento imagino que está desnuda. Al menos su pierna sí que lo está, vestida tan sólo con intrincados dibujos de tinta y que no deja de frotarse con el interior de mis muslos—. ¿Deseas… verme?

—S-sí —consigo articular, perdido ya todo rastro de voluntad, con creciente excitación.

—Y me verás… mas sólo una vez haya comprobado que… —exhalo un gemido de placer cuando su lengua me roza la oreja, e ignoro la amenaza impresa en sus palabras— lo mereces.

Un segundo brazo aparece en escena.

Hasta ese mismo instante no me había cuestionado su evidente ausencia, concentrada toda mi atención en aquel que sí amenaza mi vida. Delgado, de piel nívea, recorre como una serpiente mi costado y se detiene sobre mi vientre, la mano abierta. Podría fijarme en los raídos jirones de tela que rodean su muñeca y la palma de su mano, en la cuidada manicura de sus uñas o en el tatuaje que luce en el reverso de su antebrazo, acorde con el de su extremidad inferior, pero sólo me intereso en los hábiles dedos que están desatando los cordones de mis calzas.

Bajo los párpados. Abro la boca. Me olvido de la hoja que hiere mi garganta. Jadeo. Como un depredador bajo la ropa, su mano se desliza abarcando mi piel y privándome de los sentidos. Cruza mi vello y no se detiene hasta alojarse en mi entrepierna. Siento cómo las yemas de sus dedos exploran las más íntimas depresiones de mi femineidad, primero con frugalidad, después exigentes. Dura tan sólo un instante, mis ojos cerrados, el oído ausente, el almizcle de su esencia saturando mi olfato, paladeo su intangible sabor, mi sentido del tacto colapsado, incapaz de abarcar a un tiempo el fruto de las caricias y la insoportable presencia de aquel depravado ser apretándose contra mí. Algo estalla en mi interior; y el mundo se vuelve del revés.

Soy suya.

La intrusa se retira. Casi resulta dolorosa su ausencia, aunque hago mío cada instante que se prolonga su recorrido por mi piel, hasta que escapa de las calzas. Los cordones cuelgan olvidados. No la veo, pero oigo cómo se lleva la mano a la boca y relame con fruición la punta de sus dedos.

—Mmm… qué dulce —no entiendo por qué, pero me llena de satisfacción saber que soy de su agrado—. Aunque… no me sirves.

Antes de que una súbita congoja se apodere de mí, advierto un estéril contacto a un lado del cuello. A continuación éste cambia, es sustituido por otro, el de sus labios, húmedos, sedosos, ardientes. Y, sin embargo, de algún modo, insanamente perniciosos.

—Dulces sueños, Axelsson… —escucho, aturdida, justo antes de que libere su presa y estrelle mi cabeza contra una pared.

Camino de regreso a los muelles.

La gente me mira, también lo hacen los milicianos, desconcertados, cuando me aproximo al cuartel. Y no se debe a mi errático andar, causado por la conmoción en mi cabeza de la que aún no me he recuperado. Tampoco es porque tenga la sien inflamada y un rastro de sangre seca baje por mi mejilla. O porque me acerque a la repisa de la olvidada ventana y decida reclamar para mí el contenido de la bolsa con el que habían negociado mi muerte.

No.

Si todos me observan con fijeza, y algunos incluso se persignan a mi paso, es porque ven en mi cuello, comenzando a amoratarse la piel a su alrededor, la señal de Dómino. Su firma.

Y sigo viva.

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comments

  1. ¡Tienes un blog genial me encantan tus relatos de fantasía y ciencia ficción, yo también escribo relatos sobre los mismos temas en mi blog (sólo por afición) :)
    ¡Un saludo!

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